Imagen creada por Inteligencia Artificial Gemini
Por Antonia Blanco Olmos
Desde la pasarela más exclusiva hasta la calle más transitada de tu comuna, la ropa comunica posturas que las palabras callan.
Solemos pensar que la moda es una industria superficial enfocada únicamente en el consumo de tendencias efímeras. Sin embargo, lo que vestimos denota fuertemente quiénes somos, a qué grupos pertenecemos y qué valores defendemos.
Desde la boina del Che Guevara hasta el traje Chanel de Jackie Kennedy, la ropa ha funcionado como un lenguaje visual mucho antes de que existiera cualquier red social, por lo que sin duda vestirse es el primer acto político cotidiano que realizamos. Al elegir un color o una prenda determinada, decidimos cómo queremos presentarnos ante las estructuras sociales que nos rodean.
De hecho, diversos estudios sobre la sociología de la moda confirman que la indumentaria ha sido clave para definir dinámicas de clase. Quien controla la estética dominante en una época, suele controlar con éxito el relato cultural de su sociedad.
La alfombra roja como tribuna
Con las numerosas contingencias mundiales recientes han surgido distintos movimientos políticos en respuesta; la moda, al ser un instrumento de comunicación personal, social y cultural, se ha convertido en el escenario perfecto para visibilizarlos.
Un claro ejemplo de esto ha sido portar elementos y colores alusivos a Palestina en importantes eventos del mundo del espectáculo, debido al grado inconcebible de violencia del que somos testigos hace más de dos años en la franja de Gaza por parte de Israel.
En 2024, durante el Festival de Cine de Cannes, la actriz Cate Blanchett apareció con un vestido negro que por detrás era blanco, y en el forro interior de la cola, un llamativo verde. Estos colores, unidos al rojo intenso de la alfombra, formaban la bandera de Palestina, lanzando un mensaje de solidaridad al pueblo de dicho país.

La actriz australiana deslumbró con un vestido del diseñador Haider Ackerman. Fuente: Neilson Barnard en The Guardian
Durante mayo, en su más reciente edición, Bella Hadid lució un colgante de llave con la forma de Palestina en el mapa, la cual se ha convertido en un emblema de resistencia y de derecho al retorno. Asimismo, la supermodelo frecuentemente usa la moda para rendir homenaje a sus raíces.

Hadid en Cannes 2026 con un accesorio que se ha vuelto un símbolo de identidad palestina. Fuente:Blog QQCQ
No muy distinto fue lo que ocurrió en la ceremonia de los Emmys 2025, cuando el actor Javier Bardem posó frente a las cámaras con una kufiya al cuello en apoyo a los gazatíes. El gesto no fue casual: elegir este accesorio en un evento de gran magnitud, donde cada detalle de vestuario es calculado y fotografiado miles de veces, lo convierte en una declaración política.

El actor español en los premios Emmy 2025. Fuente: Euronews
La presencia de todos estos símbolos y elementos refuerza el uso de la moda como un vehículo de expresión.
El descontento hecho prenda
En el contexto chileno, esta manifestación estética encuentra un espacio de resistencia sumamente interesante en el comercio independiente y digital. Tal como lo hace la marca Pomposopo, una tienda online que fusiona la cultura pop con la sátira política nacional. A través de sus diseños, logran democratizar el descontento y transformarlo en una proclamación de identidad.

La comunicadora política Ayelén Llanküray con una polera de la tienda. Fuente: @pomposopo en Instagram
Propuestas como esta demuestran que el diseño local no busca la aprobación de la alta costura, sino la conexión con su entorno. Sus prendas se convierten en críticas explícitas a la contingencia que inician diálogosen el transporte público, la universidad o mientras caminas por la calle. Vestir una de estas poleras es tomar una posición en el debate social vigente.
Mucho más que ropa
Lo que todos estos gestos comparten es una misma intuición: el cuerpo es el primer territorio político que habitamos. Antes de abrir la boca para hablar o movilizarse en una protesta, este ya está comunicando y, en un mundo donde los espacios de expresión se negocian a cada paso, sin duda el vestuario es uno de los más accesibles y subversivos.
Por lo que es esencial preguntarse: ¿lo que elegimos ponernos es realmente una elección libre o es una respuesta, ya sea consciente o no, al contexto que nos rodea?

