Por Francisca Hurtado Urizar
En redes sociales, el supuesto self care suele tener una protagonista muy específica: una mujer blanca, de piel perfecta, practicando yoga o pilates, rodeada de velas aromáticas y productos de skin care donde uno solo puede costar más de 30 mil pesos chilenos. Todo se ve limpio, tranquilo y armónico. Pero toda esa estética del bienestar requiere algo que no todas las personas tienen: tiempo, espacio mental y dinero.
El mensaje que muchas influencers entregan para enfrentar el agotamiento parece simple: “si estás cansada, descansa más”. Claro, es fácil decirlo cuando no se tienen dos trabajos de jornada extensa, hijos que cuidar o una casa que mantener después de llegar agotada tras pasar horas en transporte público. Para muchas mujeres, descansar no es una decisión disponible dentro de sus posibilidades de vida.
Ahí es donde el autocuidado empieza a mostrar su lado más clasista. Porque cuando la narrativa del bienestar ignora las condiciones materiales de las personas, el cuidado deja de ser una necesidad colectiva y se transforma en una responsabilidad individual. Si estás agotada, entonces el problema eres tú por no organizarte mejor, por no levantarte más temprano, por no tomar agua con limón o por no hacer yoga a las seis de la mañana.
Pero la realidad es mucho más incómoda que eso. El cansancio no siempre se soluciona comiendo sano, tomando matcha o asistiendo a sesiones de pilates. A veces el cansancio es estructural. Tiene que ver con jornadas laborales interminables, salarios insuficientes, precarización y una cultura que romantiza la productividad constante. Según ONU Mujeres, las mujeres realizan gran parte del trabajo doméstico y de cuidados no remunerados, lo que reduce directamente su tiempo de descanso y bienestar.
En ese sentido, un artículo de la Universidad de Antioquia plantea que “el autocuidado no existe en el vacío”, sino que depende de contextos económicos, familiares y laborales específicos que pueden hacerlo posible o imposible. Cuando estas realidades se ignoran, el bienestar termina transformándose en una responsabilidad individual, culpando a las personas por problemas que en realidad son estructurales.
El problema no es que alguien disfrute del yoga o de una rutina de skin care. El problema es convertir ese estilo de vida en la imagen universal del bienestar, como si todas las personas tuvieran las mismas oportunidades para alcanzarlo. Porque mientras algunas pueden invertir horas en “sanar”, otras apenas sobreviven al día a día.
Quizás el verdadero autocuidado no debería centrarse únicamente en mascarillas faciales y rutinas estéticas, sino también en cuestionar las condiciones que tienen a tantas personas viviendo agotadas. Porque descansar no debería ser un privilegio.

