Por Raúl Cordero, Samuel Lara y Maite Villanueva.
Del potrero a la pantalla: dos abuelos recorren sus recuerdos de infancia para
contrastar la libertad de las veredas de antes con el mundo digital que hoy define el juego
de las nuevas generaciones.
En este emotivo primer encuentro de Memorias de la Calle, Don Ernesto y Doña Carmen
nos invitan a cerrar los ojos y regresar a una época donde el asfalto no era un lugar de
paso, sino el escenario principal de la vida. Con la lucidez de quienes vivieron la libertad del
barrio, recuerdan las tardes eternas de fútbol con pelotas de trapo, los gritos de victoria en
el luche dibujado con tiza y la adrenalina de unas escondidas que se extendían hasta que la
luz del poste se encendía, marcando la hora de volver a casa. Para ellos, el barrio no era
solo una dirección, sino un patio compartido donde la única regla era no llegar tarde a tomar
once.
Sin embargo, el relato adquiere un tono agridulce al contrastar esas vivencias con el silencio
que hoy habita en las veredas. Don Ernesto observa con cierta melancolía cómo los
espacios donde antes sobraban risas hoy lucen desiertos, convertidos en meros corredores
para autos. Según explican, el bullicio de la infancia se ha mudado de las plazas a las
habitaciones, donde el eco de los juegos al aire libre ha sido reemplazado por el brillo de las
pantallas y la hiperconexión digital, dejando las calles con una sensación de vacío que
parece difícil de llenar.
A través de sus voces, el podcast reflexiona sobre el costo de la modernidad y la pérdida de
la «cultura de calle». Doña Carmen lamenta que los niños de hoy, aunque conectados con el
mundo entero a través de internet, hayan perdido ese roce social y la picardía que solo se
aprende entre vecinos. Es una invitación a repensar nuestras ciudades y a preguntarnos si
todavía estamos a tiempo de recuperar esos espacios públicos para que las nuevas
generaciones cambien, al menos por un rato, el teclado por la pelota.

Don Ernesto y Doña Carmen
La historia comienza y cuenta las memorias de Don Ernesto y Doña Carmen, dos amigos de
la infancia que luego de separar caminos durante su vida se reencuentran en el asilo Hogar
Manos Sabias.
Don Ernesto es un hombre de mirada amable y curiosa. Tiene el cabello completamente
canoso, peinado hacia atrás, y un bigote bien cuidado que le da un aire clásico. Usa lentes y
suele vestir con suéteres tejidos y camisas claras. Habla con las manos, como si cada
recuerdo cobrara vida en el aire, y siempre parece tener una anécdota lista, especialmente
de su juventud en la calle, jugando con amigos hasta que caía el sol.
Por otro lado, Doña Carmen tiene una expresión dulce pero firme, de esas personas que
han cuidado a muchos. Su cabello corto y rizado, también gris, enmarca un rostro lleno de
líneas suaves que cuentan su historia. Le gustan los vestidos con flores o tonos cálidos y
los chalecos tejidos. Escucha con atención, sonriendo, y cuando habla lo hace con
tranquilidad, como si cada palabra tuviera peso. A veces se le escapa una risa nostálgica al
recordar juegos, canciones o travesuras de infancia.
Ernesto: ¿Carmen?, ¿eres tú?…
Carmen: ¿Ernesto? hace tiempo que no te veo, ¿Como haz estado?
Ernesto: La verdad… algo… nostálgico.
Carmen: ¿Todavía recuerdas cuando nos divertíamos de chicos?

Todas las imágenes relacionadas con este podcast fueron realizadas con Inteligencia
Artificial.

