Por Melanie Maxwell
“Los prejuicios nacen de la ignorancia y para tener empatía hay que educarse”.
El pole dance no entra fácil en una categoría. Es deporte, pero también arte. Es disciplina, pero también intuición. Es técnica, pero también sanación. Quienes lo practican hablan de una transformación que va más allá de lo físico. Hablan de volverse más pacientes, más conscientes, más libres.
Hice Agregar que mi academia se llama Nexus Pole Dance
Y es que sostener el cuerpo con los brazos, girar en el aire, caer y volver a intentarlo una y otra vez no solo entrena músculos: entrena la forma en que habitamos el mundo.

Eliz lo sabe bien. Es instructore de pole dance en Valparaíso, persona trans no binaria y una de esas voces que no buscan representar a nadie, pero terminan tocando a muches.
“El pole me enseñó a tener paciencia conmigo misme. No todo va a salir al tiro. A mí tampoco me sale todo al tiro. Y esa enseñanza, aunque venga del deporte, después se te pega en la vida”.
Salud física, salud mental
Eliz realizó el instructorado de pole dance en 2018 y comenzó dando clases de flexibilidad online desde su casa durante la pandemia, en un contexto donde el movimiento también fue refugio. Con el tiempo, pasó a hacerlas de forma presencial y, este 2025, también imparte clases de pole dance presenciales. Hoy combina su propio entrenamiento con la enseñanza en su academia, Nexus Pole Dance, un espacio donde se cultiva la técnica, pero también se construye comunidad “Cada estudiante llega con una historia distinta. Algunas personas vienen con miedo. Otras con rabia. Otras con muchas ganas. Yo me acuerdo de mí misme en esos estados. Y trato de acompañar desde ahí”, comenta.
Practicar pole fortalece el cuerpo, claro. Se desarrollan fuerza, movilidad, conciencia postural. Pero Eliz insiste en que lo físico no es lo único que cambia: “El cuerpo es el medio. Pero lo que estás entrenando también es tu cabeza. Tu forma de hablarte. Tu capacidad de sostener la frustración. Tu compromiso contigo misme”. Y en esa práctica cotidiana, se va entrenando otra musculatura: la de la perseverancia y paciencia.

Un origen más antiguo que el prejuicio
Aunque en el imaginario colectivo occidental el pole ha estado asociado al entretenimiento nocturno, su historia es más antigua y compleja. En la India, el Mallakhamb es una disciplina milenaria que utiliza un poste de madera para trabajar fuerza y equilibrio. En China, se desarrolló como parte de las acrobacias tradicionales. Lo que hoy conocemos como pole dance moderno recoge parte de esas tradiciones, aunque fue popularizado en clubes nocturnos durante el siglo XX.
“El problema no es que el pole venga de ahí”, dice Eliz. “El problema es el estigma. Es que la gente juzgue el cuerpo que se muestra, o el trabajo sexual, en vez de ver todo lo que implica moverse así. El pole viene de muchas raíces. Y hoy también es raíz para otres que lo usamos para habitarnos distinto”.

Actualmente, las salas de pole en Chile, incluyendo en Valparaíso, se llenan de cuerpos diversos. Hay quienes nunca antes hicieron deporte, otras personas llegan desde la danza, muchas lo descubren desde la curiosidad o desde la necesidad de moverse distinto. El pole ya no responde a un solo perfil, y esa es justamente una de sus fortalezas.
Cuerpo político, movimiento político
La experiencia de Eliz como instructore no está desligada de su identidad. “Nunca fui lo suficientemente mujer. Tampoco lo suficientemente hombre. Yo soy todo y nada al mismo tiempo, no quiero limitarme. Y por eso mismo, cuando me reconocí como persona no binaria, sentí que no tenía que seguir pidiendo permiso para existir”. Así comenzó el caminar en una forma de sacarse de encima el deber de encajar. Dejar de forzarse a ser “suficientemente mujer” o “suficientemente hombre”. Porque ninguna de esas expectativas le hacía justicia a su existencia.
En ese sentido, el pole se volvió también una forma de reparación. No solo por lo físico, dado que tuvo una lesión de rodilla, un tumor, y múltiples operaciones que le obligaron a reaprender a caminar; sino también por lo simbólico. El espejo dejó de ser enemigo. La exposición dejó de estorbar. “Verte en el espejo con poca ropa, todos los días, te obliga a mirarte con otros ojos. Y eso también se entrena”.
En su forma de enseñar, hay horizontalidad. Hay escucha. Hay espacio para equivocarse. “Una vez me enredé en una figura y no sabía cómo explicarla con el otro lado del cuerpo. Y mis estudiantes esperaron, me dieron tiempo. Eso es confianza. Eso es comunidad”, comenta Eliz.
En un país donde el deporte todavía se vive con competitividad, molde y presión, el pole que propone Eliz se mueve con otras reglas. Aquí se puede fallar. Se puede hablar. Se puede llorar. Y sobre todo, se puede estar.
Comunidad que sostiene
La práctica del pole dance en la Quinta Región ha crecido desde lo autogestionado: academias independientes, talleres barriales, espacios donde entrenar se cruza con habitar un lugar seguro. Eliz ha participado de actividades abiertas, ha postulado a fondos públicos como el programa Emprende Semilla para abrir un gimnasio trans en Valparaíso y, además de eso, sigue soñando desde la convicción con espacios inclusivos donde entrenar signifique también explorar la confianza y la reciprocidad.
Pero por sobre todo, para elle prevalece una noción: “La educación es clave. Porque sin educación, no hay empatía. Y sin empatía, no hay comunidad”. Esa es la convicción que cruza todo su trabajo. Que enseñar pole es enseñar a confiar, a moverse desde otro lugar, a desarmar todo eso que nos dijeron sobre el cuerpo. Y construir algo nuevo, cuerpo a cuerpo.
Porque el pole no solo fortalece músculos. También fortalece comunidad, identidad y conciencia.
Y eso, más que un truco en el aire, es una forma de sostenerse en la vida.