Fuente: Cinemark
Por Rebeca Rojas.
La secuela de El diablo viste a la moda intenta actualizar su mundo, pero termina mostrando algo más incómodo: un sistema donde el poder ya no se impone… se mide, igual que hoy.
Antes, el poder en la película era fácil de reconocer: tenía nombre, cara y un tono de voz imposible de ignorar. Era directo, incómodo, incluso cruel. Ahora, eso cambió.
En esta segunda entrega, el poder sigue estando, pero tomó otra forma. Ya no necesita gritar ni humillar en público como lo hizo Miranda (Meryl Streep) en más de alguna ocasión. Ahora funciona desde otro lugar: métricas, eficiencia, decisiones rápidas, sistemas que siguen andando, aunque las personas no.
Y esa es la idea que atraviesa toda la película.
El poder cambió y eso es lo realmente inquietante
Muchos se preguntaban si la secuela de esta película icónica, estrenada hace 20 años, iba a estar a la altura o si simplemente no podría superar a la original. Mi respuesta clara: sí, pero por razones distintas a las que esperas.
Andy vuelve, pero ya no como asistente. Ahora es una periodista consolidada, premiada y con criterio propio. Su discurso sobre el valor del periodismo se vuelve viral, y eso, más que su trayectoria, es lo que la lleva de vuelta a Runway.
Desde ahí, la historia muestra su verdadero conflicto: no se trata de si Andy puede sobrevivir al sistema, sino de si ese sistema todavía tiene espacio para lo que ella representa.
Porque mientras ella apuesta por reportajes con contenido, investigación y profundidad, el mundo a su alrededor va en otra dirección. Despidos masivos, redacciones que desaparecen, inteligencia artificial reemplazando funciones completas… ¿te suena familiar?
La película no exagera este escenario. Lo muestra casi como rutina, como algo que simplemente pasa. Y ahí es donde acierta.

La película lo ve todo, pero decide no empujar demasiado
Aunque plantea este choque, periodismo versus métricas, criterio versus rendimiento, nunca lo lleva al límite. Prefiere dejarlo convivir con la nostalgia, el glamour y escenas que parecen más enfocadas en replicar el tono de la primera que en incomodar de verdad.
Ahí entran los guiños: referencias constantes a la película original, momentos que remiten directamente a lo que ya conocemos (sí, incluidos los famosos “dos cinturones azules” y las míticas escaleras de la casa de Miranda), canciones icónicas y cameos que, si eres fan de la moda, te volverán eufórica.
Todo esto funciona como fan service, pero también como un freno. Porque cada vez que la historia podría ir más allá, decide mirar hacia atrás.
Miranda evoluciona… la lógica no
Miranda, por ejemplo, cambia. O al menos eso parece. Después de la mitad de la película, la vemos agradecer, reconocer e incluso ceder protagonismo en momentos clave. Pero ese cambio no transforma el sistema que lidera, solo lo hace más fácil de digerir. Y eso es lo que más incómoda.

Porque sugiere que el problema ya no es quién tiene el poder, sino cómo funciona ese poder. Uno que ya no necesita ser violento para ser exigente. Uno que puede ser elegante e incluso “humano” … y aun así seguir dejando gente fuera.
Nada colapsa, el sistema aprende a verse mejor
El final refuerza esa idea: hay recompensas, reconocimiento y cierres. Pero nada cambia realmente. El sistema no colapsa, no se cuestiona, no se rompe. Se ajusta y se optimiza.
Porque El diablo viste a la moda 2 no parece tan interesada en criticar ese mundo como en sobrevivir dentro de él. Quiere ser actual, pero también cómoda. Quiere hablar de crisis, pero sin soltar el glamour que la define.
Por eso, si te gustó la primera, es muy probable que esta segunda te obsesione (como me pasó). No porque sea más grande, sino porque se siente más cercana. Porque ese universo que antes parecía exagerado hoy se siente real e inevitable. Donde antes había distancia, ahora hay reconocimiento y gratitud.

Fuente: Disney
Aun así, hay algo que la película logra instalar, quizás sin querer: una pregunta que va mucho más allá de la moda, el periodismo o Runway.
¿Qué pasa cuando el éxito ya no depende solo de lo que haces, sino de cuánto rindes?
¿Cuándo el valor de tu trabajo se mide más en números que en impacto? Seguro más de alguna vez se te ha cruzado esta idea.
Ahí es donde la película deja de ser solo una secuela y se vuelve algo más interesante: un reflejo de cómo estamos trabajando hoy. Porque el lujo nunca fue inocente. Pero ahora, además, es eficiente. Y en un mundo así, el verdadero privilegio no es llegar. Es poder decidir si vale la pena quedarse.

